viernes, 13 de enero de 2012

Paseando por Malasaña

Esta mañana, al salir del examen de 'Empresa Informativa' no tenía muchas ganas de volver a casa tan pronto. Hacía una mañana fría, grisácea, con un manto cerrado de nubes que difuminaba los rayos de Sol, y, a pesar de ello, lucía ese brillo cristalino que tienen los primeros días de Enero. Me apetecía dar un paseo, pensar, escuchar música, zascandilear por ahí, como dice Elvira Lindo en su último libro. Así que he decidido tomar el autobús de regreso a Madrid, y, tras dos trasbordos, he llegado en esa línea que siempre me recuerda a una canción de Sabina, a la boca de Metro de Tribunal.

El paisaje, familiar de algunas noches por esas calles, parecía otro completamente diferente, desconocido, en la mañana de Enero, que se iba haciendo cada vez más templada, más azul y luminosa. Como no llevaba prisa, he empezado a andar sin rumbo, con esa tranquilidad que tanto me cuesta mantener al caminar, fundiéndome con la música de los auricualres, deteniéndome en los escaparates, apreciando el calor tibio de los rayos de Sol, sintiendo desde una cierta lejanía el rumor de la ciudad.

Al llegar a la esquina de la Calle de la Palma me he encaminado a la Librería Arrebato a comprar un libro de poemas del cantautor Marwan: era la principal excusa que me había puesto para venir hoy hasta Malasaña. Ese libro me lo dejó una amiga en Octubre, y estuve leyéndolo a intervalos en un viaje en autobús hasta Salou que tuvo algo de novelesco. Hubo varios versos que me atraparon, que me generaron esa íntima conexión, algo mágica, que considero prácticamente fundamental en la poesía y las canciones. Y decidí comprarlo, justamente ahora, porque percibo la poesía como una lectura tan íntima y especial que hay que acercarse a ella en determinados momentos y circunstancias para admirar toda su belleza. Y, precisamente hoy, me lo pedía el cuerpo.

La Calle de la Palma, sus angostas aceras sombreadas, estaban frías, casi desiertas, a esas horas del mediodía. Mientras caminaba calle abajo se me hacía estar pasando por el escenario de alguna de las azarosas aventuras que vive Lorencito Quesada en "Los misterios de Madrid".

Me gusta el ambiente que se respira en estas calles del centro, esa atmósfera de pueblo grande que pervive en algunas zonas de la capital; también de libertad, de individualismo, mezclado con algo de bohemia, de cultura urbana, que me recuerda, en cierta medida, a las calles de la periferia de Londres.

"Que lo disfrutes", me ha dicho el vendedor mientras guardaba el libro en la cartera, como el camarero que sirve en la mesa de un cliente un plato recién salido del horno. Ciertamente, me ha parecido una expresión muy acertada para un librero... Después de salir de la librería, que tiene un aspecto y una disposición como de galería literaria, íntima y acogedora, he bajado andando toda la calle Fuencarral, infestada de gente a esas horas. Y, de ahí, hasta la Puerta del Sol por Montera. Se palpaba en el ambiente el bullicio de la capital. Sólo me ha faltado pararme a tomar una caña al aire libre en alguna terraza de la zona. Pero, como uno habitualmente viene por aquí a beber cervezas acompañado siempre, probablemente me hubiese resultado extraño hacerlo en soledad. En realidad, sólo me apetecía llegar a casa, sentarme en el sofá, abrir el libro y empezar a leer versos.

2 comentarios:

  1. La poesía, como tal, se encuentra allá dónde uno "la siente" y me parece que tu, esa mañana compraste pero, sobre todo, "sentiste" la poesía callada de la vida. Una experiencia única, maravillosa, total.
    No dudes, lo puedes vivir en otras muchas ocasiones, seguro.(palabra de Lewys).

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  2. Me encantan esos días cuando tu corazón y tus piernas deciden el camino a recorrer... A veces, pasear en solitario puede llegar a ser uno de los pequeños placeres de la vida.

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