martes, 19 de febrero de 2013

Despertares

He abierto los ojos de sopetón, como si regresara abruptamente de otra realidad lejana. Sobresaltado, probablemente por algún sueño pasajero que no había dejado rastro en la memoria. Confuso. Desubicado y obtuso, sin saber muy bien en un principio dónde me encontraba. Todo era oscuridad y silencio a mi alrededor. Una vez ubicado, al encender la lamparilla del reloj de pulsera que hay sobre la mesilla las cifras digitales marcaban las tres y media de la madrugada sobre un fondo luminoso de color verde. Hacía nueve horas que me había recostado en la cama después de comer, agotado por el insomnio y las ráfagas de sueño escasas, frugales e intempestivas de estos cuatro últimos días de tránsito continuo con amigos por diferentes ciudades del sur. Todo ese tiempo había trascurrido a mi alrededor sin que fuese consciente de ello, de forma ajena e independiente a mi voluntad: el atardecer del domingo gris, ventoso y frío, la hora de la cena, la gala de los Goya... Tras unos segundos de impasse, mecánicamente, me he puesto las zapatillas con cierto esfuerzo y, todavía con rastros de desconcierto, he caminado con movimientos vagos e imprecisos, lastrado por la somnolencia, hasta la cocina, quebrando levemente el silencio absoluto reinante en la casa a esas horas de la madrugada con ligeros ruidos cotidianos que pasan casi desapercibidos entre el trajín habitual, y, sin embargo, alcanzan una sonoridad mucho más notoria en plena quietud noctámbula: la suela de goma de las zapatillas deslizándose sobre el parqué, la puerta de la nevera abriéndose, el tapón de la botella de agua girando sobre sí mismo, el rumor del líquido deslizándose suavemente por las paredes del vaso. Después de refrescarme y acoplarme, por fin, dentro de la realidad conocida, he vuelto a la cama con los ojos como platos, con ese nerviosismo típico de cuando el subconsciente indica a la voluntad de forma casi masoca que va a ser casi imposible volver a coger el sueño. Pero, por fortuna, casi siempre, los minutos acaban por contradecir ese eco interior. A eso de las seis y media he despertado por segunda vez. Sereno, descansado, con plena conciencia espacial y temporal. Me había vuelto a quedar dormido inconscientemente, sin ningún acto de voluntad en ello. En esta ocasión, el tenue halo luminoso que se adivinaba detrás del estor tornaba en penumbra la oscuridad total que bañaba horas antes mi habitación. A lo lejos, el silencio de la madrugada había quedado difuminado, también, por ciertos sonidos de vida cotidiana, actividades rutinarias de cada mañana: el agua de la ducha al caer sobre la bañera de la habitación contigua, las voces de la radio, el rumor lejano de unos pasos, la cafetera... El paréntesis de silencio y oscuridad de la noche, su efecto narcótico, ensoñador, había desaparecido. Estaba amaneciendo. Un nuevo lunes daba comienzo.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Aceras mojadas

Serían las tres y algo cuando volvía caminando hacia casa esta madrugada con el sabor amargo de la cerveza ingerida unas horas antes aún vivo en la boca. Un paseo solitario, pausado, muy cerca de mi barrio, a través de una arquitectura cotidiana en mi vida diaria de infancia y adolescencia, a la que ya sólo regreso muy de vez en cuando. Es por ello, por la dilatación del reencuentro con esos lugares tan familiares en un tiempo pretérito, por lo que, cada vez que vuelvo a pasar por la puerta de mi primer colegio, testigo de tantas vivencias, por los portales donde jugábamos de críos al escondite y robamos años más tarde algún que otro beso, los recuerdos, tornados a veces, incluso, en espejismos del pasado confeccionados con imágenes y sonidos muy nítidos aún, se aparecen involuntariamente en mi mente con más intensidad todavía.

Anoche, Madrid presentaba un aspecto otoñal magnífico, una apariencia más propia casi de una ciudad del Cantábrico; sobre todo por el halo tan misterioso de espesa bruma que difuminaba los contornos de árboles y edificios en el horizonte. Las calles estaban prácticamente desiertas a esas horas. Se palpaba tranquilidad y quietud. Como si la gran urbe, aunque no llegue a dormir nunca, permanezca amodorrada y somnolienta de madrugada, en vigilia, esperando a su hijo a la luz amarillenta de las farolas y de los intensos neones de algunos letreros. Se respiraba en el ambiente ese frescor húmedo e intenso que deja la lluvia, como el de las sábanas recién sacadas de la lavadora que tanto me gustaba oler de niño antes de que estuvieran colgando del tendedero. El silencio se figuraba casi absoluto. Tan solo se oían de fondo las graves pisadas de mis zapatillas sobre la película de agua que cubría las baldosas de la acera, mojadas por la lluvia intermitente de las horas previas, y el intenso espasmo de los charcos al verse atravesados por las ruedas de taxis y autobuses circulando a toda velocidad a esas horas de la noche en que la quietud de las calles invita a pasearse solo, calmado, reflexico, por la gran ciudad.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Libros: "El autoestopista de Grozni (y otras historias de fútbol y guerra)", de Ramón Lobo


Tenía ganas de irme a la cama, de zambullirme bajo las sábanas a sentir el calor de las mantas. Y dormir, dormir sin prisas ni alarmas, por una vez, puede que con la esperanza de amanecer mañana escuchando las gotas de lluvia rebotando sobre el tejado de la terraza de enfrente. Pero no, finalmente, he decidido quedarme un rato más sentado en mi escritorio y dar final a la lectura de este pequeño libro que compré en el anochecer prematuro del pasado miércoles -sumamente reconfortante e inspirador, tan otoñal- en la Librería Méndez de la Calle Mayor.

Supe de la existencia de "El autoestopista de Grozni" hace unos meses a través del blog de su autor. En su momento, ya sentí el impulso de leerlo. Pero, como digo, no ha sido hasta esta semana cuando he podido comprar este libro, mucho más pequeño de formato y extensión de lo que me pensaba a priori, y llevarlo durante un par de días en la cartera como lectura amena y ágil para esos trayectos diarios de autobús que, a menudo, tanto evaden.

Presenta, desde luego, un planteamiento original, muy periodístico, con ingredientes propios de la crónica, signos identificativos del talante profesional de Lobo, especialmente relevante como narrador eminente de historias humanas, como destacado reportero.

En él relata, a través de una estructura caprichosa, casi inexistente, perfiles de personas con las que se fue topando mientras rastreaba dentro de ese cénit del caos vital que es la guerra. Desde los Balcanes, pasando por Bosnia, África o Iraq; aunque, parafraseando a Pérez-Reverte, la guerra siempre sea la misma en todas partes. Son, todas ellas, historias con rostros de personas que comparten, curiosamente, como hilo conductor el fútbol.

"El fútbol acerca culturas, borra fronteras y difumina clases sociales; permite penetrar en el alma de las personas sobre las que el reportero va a escribir. Saber de fútbol no es de derechas o de izquierdas, embrutecedor o inteligente, es solo un conocimiento útil, una herramienta de trabajo", expone Lobo en uno de los párrafos del libro.

Qué curioso. Qué tendrá este deporte que le permite penetrar en el alma humana como ningún otro, que la hace capaz de ayudar a la gente, incluso en medio del terror y la tragedia más absoluta que define a toda guerra, a evadirse, a recuperar durante unos segundos la calma y la normalidad de un tiempo pretérito estable y, tal vez, feliz, a volver a sonreír y a mirar la vida con un halo de ilusión.

domingo, 27 de mayo de 2012

Libros: "Lo que me queda por vivir", de Elvira Lindo


He llegado a casa hace un par de horas desde la estación de autobuses de Avenida de América. Venía de Barcelona, en el coche de las 15h30. Como siempre. Y en el transcurso del viaje me he terminado esta obra de Elvira Lindo que compré el Día del Libro en Callao junto a dos novelas de regalo, una para mi madre y otra para mi novia.

Había leído algo sobre ella hacía ya tiempo en el blog de Muñoz Molina. Lo vi apilado en una estantería de la planta baja de La Casa del Libro, en la sección de bolsillo, en la que más me gusta rebuscar, me fijé en su título imponente y atractivo, en el aspecto manejable y viajero de la edición, y no me pude resistir.

No se trata de una novela. Más bien es una historia realista, cocinada con vivencias personales y hechos imaginarios, que tiene como telón de fondo el Madrid de los ochenta, y como núcleo principal la turbulenta vida y la relación tan personal que mantiene con su hijo la protagonista, una joven locutora de radio que se acaba de separar de un hombre del que sigue enamorada y no logra dotar su vida del orden y la estabilidad que necesitan ella misma y su niño.

A veces da la sensación de que el libro es la vía que ha utilizado Elvira Lindo para disculparse, a su manera, con su hijo por haber creído ser en el pasado la madre tan peculiar y algo irresponsable con que se muestra a sí misma en algunas entrevistas cuando habla de su pasado.

Me gusta esa valentía, esa desnudez, esa intimidad casi amistosa con el lector, como de bitácora o de diario personal, que refleja su espíritu de escritora. Me gusta haber disfrutado de niño con las historias de Manolito Gafotas que me acompañaban en verano, sobre todo. Y me gusta saborear ahora esa escritura sincera, pausada y algo nostálgica que profesa en esta nueva fase de su carrera literaria. Como esas profesoras que te daban clase en párbulos con las que te reencuentras años después en asignaturas de la Secundaria, descubriendo en ellas apariencias, actitudes y conocimientos que se alejan considerablemente de la imagen que se había formado de ellas en el pasado tu mente infantil.

P.D: Qué curioso, incluso algo cómico, me resulta que el niño del que habla el libro, y que aparece autorrepresentado en la ilustración, sea ese joven de gafas de pasta, amplias patillas y look alternativo que me recibió en el chalet de la familia cuando fui a entrevistar a Muñoz Molina el pasado diciembre...

viernes, 13 de enero de 2012

Paseando por Malasaña

Esta mañana, al salir del examen de 'Empresa Informativa' no tenía muchas ganas de volver a casa tan pronto. Hacía una mañana fría, grisácea, con un manto cerrado de nubes que difuminaba los rayos de Sol, y, a pesar de ello, lucía ese brillo cristalino que tienen los primeros días de Enero. Me apetecía dar un paseo, pensar, escuchar música, zascandilear por ahí, como dice Elvira Lindo en su último libro. Así que he decidido tomar el autobús de regreso a Madrid, y, tras dos trasbordos, he llegado en esa línea que siempre me recuerda a una canción de Sabina, a la boca de Metro de Tribunal.

El paisaje, familiar de algunas noches por esas calles, parecía otro completamente diferente, desconocido, en la mañana de Enero, que se iba haciendo cada vez más templada, más azul y luminosa. Como no llevaba prisa, he empezado a andar sin rumbo, con esa tranquilidad que tanto me cuesta mantener al caminar, fundiéndome con la música de los auricualres, deteniéndome en los escaparates, apreciando el calor tibio de los rayos de Sol, sintiendo desde una cierta lejanía el rumor de la ciudad.

Al llegar a la esquina de la Calle de la Palma me he encaminado a la Librería Arrebato a comprar un libro de poemas del cantautor Marwan: era la principal excusa que me había puesto para venir hoy hasta Malasaña. Ese libro me lo dejó una amiga en Octubre, y estuve leyéndolo a intervalos en un viaje en autobús hasta Salou que tuvo algo de novelesco. Hubo varios versos que me atraparon, que me generaron esa íntima conexión, algo mágica, que considero prácticamente fundamental en la poesía y las canciones. Y decidí comprarlo, justamente ahora, porque percibo la poesía como una lectura tan íntima y especial que hay que acercarse a ella en determinados momentos y circunstancias para admirar toda su belleza. Y, precisamente hoy, me lo pedía el cuerpo.

La Calle de la Palma, sus angostas aceras sombreadas, estaban frías, casi desiertas, a esas horas del mediodía. Mientras caminaba calle abajo se me hacía estar pasando por el escenario de alguna de las azarosas aventuras que vive Lorencito Quesada en "Los misterios de Madrid".

Me gusta el ambiente que se respira en estas calles del centro, esa atmósfera de pueblo grande que pervive en algunas zonas de la capital; también de libertad, de individualismo, mezclado con algo de bohemia, de cultura urbana, que me recuerda, en cierta medida, a las calles de la periferia de Londres.

"Que lo disfrutes", me ha dicho el vendedor mientras guardaba el libro en la cartera, como el camarero que sirve en la mesa de un cliente un plato recién salido del horno. Ciertamente, me ha parecido una expresión muy acertada para un librero... Después de salir de la librería, que tiene un aspecto y una disposición como de galería literaria, íntima y acogedora, he bajado andando toda la calle Fuencarral, infestada de gente a esas horas. Y, de ahí, hasta la Puerta del Sol por Montera. Se palpaba en el ambiente el bullicio de la capital. Sólo me ha faltado pararme a tomar una caña al aire libre en alguna terraza de la zona. Pero, como uno habitualmente viene por aquí a beber cervezas acompañado siempre, probablemente me hubiese resultado extraño hacerlo en soledad. En realidad, sólo me apetecía llegar a casa, sentarme en el sofá, abrir el libro y empezar a leer versos.

lunes, 2 de enero de 2012

Música: "Someone like you", Adele

Ya ha terminado el primer día del 2012. Estoy cansado por el esfuerzo físico de ayer, el agotamiento, los zapatos, los whiskys, la noche... Tengo sueño y apenas he dormido. Pero no me apetece irme a la cama todavía. Y es que cada vez más encuentro en las madrugadas un espacio vital apetecible. Es a estas horas de silencio, de intimidad, cuando más me gusta ponerme a escribir a la luz del flexo, a leer en el sofá, a escuchar música, a hablar por chat o, simplemente, a no hacer nada, sólo disfrutar del hechizo que me sugieren estas horas noctámbulas.

En una tarde de familia y algo de trabajo que ha estado salpicada de saudades -parafraseando a Ramón Lobo- apenas ha parado de sonar en los altavoces de mi portátil esta canción que descubrí hace unos días: se titula "Someone like you" y la interpreta Adele, una joven londinense de ojos llamativos, con apariencia de cantante de ópera, dotada de una voz portentosa, policromática, con una base de soul, que canta con dulzura, con pasión, también con garra y algo de descaro.

En ella habla de recuerdos, de amor, un amor apasionado, puro, cultivado, sincero, sin reproches; de nostalgias, amarguras, de miradas que se desplazan hacia atrás en el tiempo, de lo que pudo ser y no fue, de trenes que se marcharon y ya no volverán.

martes, 20 de diciembre de 2011

Noche de concierto

Acabo de llegar a casa hace unos minutos un poco fatigado por ese frío helador que caracteriza al invierno de Madrid, que tanto me gusta, que te obliga a caminar por las calles tan de prisa como puedas para intentar entrar en calor. Pero, sobre todo, he llegado algo obnubilado por el transcurso de las últimas horas: un cúmulo de sensaciones y sentimientos que se han sumado a las intensas vivencias de estos días, al reencuentro inesperado y cálido en la noche caótica del pasado viernes, a las conversaciones sinceras, trufadas de promesas, que me han tenido pegado a la pantalla del ordenador hasta altas horas de la madrugada...

Esta noche he estado con mi amiga Bea -una de las pocas personas de mi entorno que tenía tantas ganas como yo de asistir a un espectáculo así; un plan que, por cierto, habíamos pactado ya hacía meses- en 'Libertad 8', el mítico café situado en la calle bautizada con ese mismo nombre, cercana a la Gran Vía, en el que empezaron a dar sus primeros recitales cantautores como Ismael Serrano, Rosana o Pedro Guerra.

Llevaba queriendo asistir a alguna actuación en directo en ese local a raíz de aquel concierto que dio en la 'Sala Clamores' un paisano palmero de mi amigo Carlos al que acudimos un poco por inercia hace ya más de un año. El otro día me encontré ensayando con la guitarra en el hall de uno de los edificios de nuestra facultad a Paula de Alba: una chica gaditana de nuestra edad, estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual, recién iniciada en su carrera musical como cantautora, que conocí hace unos meses a través de unas amigas de la residencia de estudiantes de la universidad. Ella nos ayudó a contactar con varios artistas del círculo de cantautores en el que se introdujo poco después de llegar a Madrid para un inolvidable trabajo de investigación sobre la canción de autor en el que nos sumergimos, un poco temerariamente, durante el último cuatrimestre de 2º curso, y que acabó resultando apasionante. Le había prometido a Paula en su momento que en cuanto pudiera iría a ver una actuación suya. Y qué mejor ocasión para ello que el lunes posterior al comienzo de las vacaciones de Navidad, y con la compañía de mi entrañable amiga Bea, recién llegada de su primer cuatrimestre como estudiante de Erasmus en Lyon.

Después de bajar caminando por la Gran Vía exaltados por el reencuentro, escuchando las vivencias que ella me iba narrando sobre sus primeros meses en esa ciudad francesa, en seguida nos hemos plantado ante la puertad del 'Libertad 8'. Al entrar tienes la sensación de estar en una acogedora taberna de barrio del Madrid castizo, con la barra de mármol situada a la izquierda, nada más abrir la pequeña puerta acristalada. Pero es tras cruzar un grueso muro de cal como los de las casas de pueblo cuando descubres la verdadera esencia del local, el salón de actuaciones: un espacio luminoso, con el suelo formado por azulejos de barro, las paredes pintadas de amarillo pastel y decoradas con cuadros que parecen representar figuras de Venus paleolíticas. El escenario con el piano, donde Paula, algo nerviosa, estaba empezando a ensayar los primeros acordes con su guitarra, se sitúa a la izquierda de la estancia, un espacio muy acogedor toda ella que tiene algo de salón de casa andaluza: hogareño, familiar, con sillas de anea, cojines antiguos, y una luz difusa que configura una atmósfera íntima y comunitaria como la de esas teterías tan populares de las calles más estrechas y pintorescas de Granada.

La sala se ha ido llenando poco a poco de público, entre el que hemos reconocido algunas caras habituales de los pasillos de la facultad. Paula ha comenzado su actuación con varios de sus temas más conocidos, y, a continuación, ha invitado a subir al escenario a dos cantautores que se encontraban entre los oyentes: Andrés Sudón, que ha interpretado una canción en la que hablaba de sus primeros meses independizado con la que Bea se ha sentido muy identificada; y Diego Ojeda, de un acento y un temperamento canarios fácilmente reconocibles, una voz portentosa y melancólica, que ha cantado un par de canciones -me ha gustado especialmente ésta- junto a un violinista magnífico que ha llenado la estancia de esa belleza lacrimógena que transmite el violín.

Apenas había transcurrido media hora de concierto y ya nos habíamos dejado atrapar por la atmósfera del local: el sonido de la guitarra acústica, la voz de Paula, dulce y potente a la vez, con una garra que desde la primera vez que la escuché me recuerda instintivamente a la de Joan Baez; la cercanía del artista y su música, casi palpable en el aire; el sabor de la cerveza servida en un vaso grande de cristal; las canciones ya conocidas, otras descubiertas en ese mismo momento, capaces de emocionar con evocaciones de imágenes cercanas en el tiempo; las miradas cómplices con Bea, de amistad fraterna y sincera, transmitiéndonos mutuamente, de forma callada, la añoranza de otras dos presencias que nos inundaba por dentro en ese preciso instante...