Diarios en la madrugada
martes, 19 de febrero de 2013
Despertares
domingo, 4 de noviembre de 2012
Aceras mojadas
Anoche, Madrid presentaba un aspecto otoñal magnífico, una apariencia más propia casi de una ciudad del Cantábrico; sobre todo por el halo tan misterioso de espesa bruma que difuminaba los contornos de árboles y edificios en el horizonte. Las calles estaban prácticamente desiertas a esas horas. Se palpaba tranquilidad y quietud. Como si la gran urbe, aunque no llegue a dormir nunca, permanezca amodorrada y somnolienta de madrugada, en vigilia, esperando a su hijo a la luz amarillenta de las farolas y de los intensos neones de algunos letreros. Se respiraba en el ambiente ese frescor húmedo e intenso que deja la lluvia, como el de las sábanas recién sacadas de la lavadora que tanto me gustaba oler de niño antes de que estuvieran colgando del tendedero. El silencio se figuraba casi absoluto. Tan solo se oían de fondo las graves pisadas de mis zapatillas sobre la película de agua que cubría las baldosas de la acera, mojadas por la lluvia intermitente de las horas previas, y el intenso espasmo de los charcos al verse atravesados por las ruedas de taxis y autobuses circulando a toda velocidad a esas horas de la noche en que la quietud de las calles invita a pasearse solo, calmado, reflexico, por la gran ciudad.
viernes, 2 de noviembre de 2012
Libros: "El autoestopista de Grozni (y otras historias de fútbol y guerra)", de Ramón Lobo
Tenía ganas de irme a la cama, de zambullirme bajo las sábanas a sentir el calor de las mantas. Y dormir, dormir sin prisas ni alarmas, por una vez, puede que con la esperanza de amanecer mañana escuchando las gotas de lluvia rebotando sobre el tejado de la terraza de enfrente. Pero no, finalmente, he decidido quedarme un rato más sentado en mi escritorio y dar final a la lectura de este pequeño libro que compré en el anochecer prematuro del pasado miércoles -sumamente reconfortante e inspirador, tan otoñal- en la Librería Méndez de la Calle Mayor.
Supe de la existencia de "El autoestopista de Grozni" hace unos meses a través del blog de su autor. En su momento, ya sentí el impulso de leerlo. Pero, como digo, no ha sido hasta esta semana cuando he podido comprar este libro, mucho más pequeño de formato y extensión de lo que me pensaba a priori, y llevarlo durante un par de días en la cartera como lectura amena y ágil para esos trayectos diarios de autobús que, a menudo, tanto evaden.
Presenta, desde luego, un planteamiento original, muy periodístico, con ingredientes propios de la crónica, signos identificativos del talante profesional de Lobo, especialmente relevante como narrador eminente de historias humanas, como destacado reportero.
En él relata, a través de una estructura caprichosa, casi inexistente, perfiles de personas con las que se fue topando mientras rastreaba dentro de ese cénit del caos vital que es la guerra. Desde los Balcanes, pasando por Bosnia, África o Iraq; aunque, parafraseando a Pérez-Reverte, la guerra siempre sea la misma en todas partes. Son, todas ellas, historias con rostros de personas que comparten, curiosamente, como hilo conductor el fútbol.
"El fútbol acerca culturas, borra fronteras y difumina clases sociales; permite penetrar en el alma de las personas sobre las que el reportero va a escribir. Saber de fútbol no es de derechas o de izquierdas, embrutecedor o inteligente, es solo un conocimiento útil, una herramienta de trabajo", expone Lobo en uno de los párrafos del libro.
Qué curioso. Qué tendrá este deporte que le permite penetrar en el alma humana como ningún otro, que la hace capaz de ayudar a la gente, incluso en medio del terror y la tragedia más absoluta que define a toda guerra, a evadirse, a recuperar durante unos segundos la calma y la normalidad de un tiempo pretérito estable y, tal vez, feliz, a volver a sonreír y a mirar la vida con un halo de ilusión.
domingo, 27 de mayo de 2012
Libros: "Lo que me queda por vivir", de Elvira Lindo
viernes, 13 de enero de 2012
Paseando por Malasaña
El paisaje, familiar de algunas noches por esas calles, parecía otro completamente diferente, desconocido, en la mañana de Enero, que se iba haciendo cada vez más templada, más azul y luminosa. Como no llevaba prisa, he empezado a andar sin rumbo, con esa tranquilidad que tanto me cuesta mantener al caminar, fundiéndome con la música de los auricualres, deteniéndome en los escaparates, apreciando el calor tibio de los rayos de Sol, sintiendo desde una cierta lejanía el rumor de la ciudad.
Al llegar a la esquina de la Calle de la Palma me he encaminado a la Librería Arrebato a comprar un libro de poemas del cantautor Marwan: era la principal excusa que me había puesto para venir hoy hasta Malasaña. Ese libro me lo dejó una amiga en Octubre, y estuve leyéndolo a intervalos en un viaje en autobús hasta Salou que tuvo algo de novelesco. Hubo varios versos que me atraparon, que me generaron esa íntima conexión, algo mágica, que considero prácticamente fundamental en la poesía y las canciones. Y decidí comprarlo, justamente ahora, porque percibo la poesía como una lectura tan íntima y especial que hay que acercarse a ella en determinados momentos y circunstancias para admirar toda su belleza. Y, precisamente hoy, me lo pedía el cuerpo.
La Calle de la Palma, sus angostas aceras sombreadas, estaban frías, casi desiertas, a esas horas del mediodía. Mientras caminaba calle abajo se me hacía estar pasando por el escenario de alguna de las azarosas aventuras que vive Lorencito Quesada en "Los misterios de Madrid".
Me gusta el ambiente que se respira en estas calles del centro, esa atmósfera de pueblo grande que pervive en algunas zonas de la capital; también de libertad, de individualismo, mezclado con algo de bohemia, de cultura urbana, que me recuerda, en cierta medida, a las calles de la periferia de Londres.
"Que lo disfrutes", me ha dicho el vendedor mientras guardaba el libro en la cartera, como el camarero que sirve en la mesa de un cliente un plato recién salido del horno. Ciertamente, me ha parecido una expresión muy acertada para un librero... Después de salir de la librería, que tiene un aspecto y una disposición como de galería literaria, íntima y acogedora, he bajado andando toda la calle Fuencarral, infestada de gente a esas horas. Y, de ahí, hasta la Puerta del Sol por Montera. Se palpaba en el ambiente el bullicio de la capital. Sólo me ha faltado pararme a tomar una caña al aire libre en alguna terraza de la zona. Pero, como uno habitualmente viene por aquí a beber cervezas acompañado siempre, probablemente me hubiese resultado extraño hacerlo en soledad. En realidad, sólo me apetecía llegar a casa, sentarme en el sofá, abrir el libro y empezar a leer versos.
lunes, 2 de enero de 2012
Música: "Someone like you", Adele
En una tarde de familia y algo de trabajo que ha estado salpicada de saudades -parafraseando a Ramón Lobo- apenas ha parado de sonar en los altavoces de mi portátil esta canción que descubrí hace unos días: se titula "Someone like you" y la interpreta Adele, una joven londinense de ojos llamativos, con apariencia de cantante de ópera, dotada de una voz portentosa, policromática, con una base de soul, que canta con dulzura, con pasión, también con garra y algo de descaro.
En ella habla de recuerdos, de amor, un amor apasionado, puro, cultivado, sincero, sin reproches; de nostalgias, amarguras, de miradas que se desplazan hacia atrás en el tiempo, de lo que pudo ser y no fue, de trenes que se marcharon y ya no volverán.
martes, 20 de diciembre de 2011
Noche de concierto
Esta noche he estado con mi amiga Bea -una de las pocas personas de mi entorno que tenía tantas ganas como yo de asistir a un espectáculo así; un plan que, por cierto, habíamos pactado ya hacía meses- en 'Libertad 8', el mítico café situado en la calle bautizada con ese mismo nombre, cercana a la Gran Vía, en el que empezaron a dar sus primeros recitales cantautores como Ismael Serrano, Rosana o Pedro Guerra.
Llevaba queriendo asistir a alguna actuación en directo en ese local a raíz de aquel concierto que dio en la 'Sala Clamores' un paisano palmero de mi amigo Carlos al que acudimos un poco por inercia hace ya más de un año. El otro día me encontré ensayando con la guitarra en el hall de uno de los edificios de nuestra facultad a Paula de Alba: una chica gaditana de nuestra edad, estudiante de Periodismo y Comunicación Audiovisual, recién iniciada en su carrera musical como cantautora, que conocí hace unos meses a través de unas amigas de la residencia de estudiantes de la universidad. Ella nos ayudó a contactar con varios artistas del círculo de cantautores en el que se introdujo poco después de llegar a Madrid para un inolvidable trabajo de investigación sobre la canción de autor en el que nos sumergimos, un poco temerariamente, durante el último cuatrimestre de 2º curso, y que acabó resultando apasionante. Le había prometido a Paula en su momento que en cuanto pudiera iría a ver una actuación suya. Y qué mejor ocasión para ello que el lunes posterior al comienzo de las vacaciones de Navidad, y con la compañía de mi entrañable amiga Bea, recién llegada de su primer cuatrimestre como estudiante de Erasmus en Lyon.
Después de bajar caminando por la Gran Vía exaltados por el reencuentro, escuchando las vivencias que ella me iba narrando sobre sus primeros meses en esa ciudad francesa, en seguida nos hemos plantado ante la puertad del 'Libertad 8'. Al entrar tienes la sensación de estar en una acogedora taberna de barrio del Madrid castizo, con la barra de mármol situada a la izquierda, nada más abrir la pequeña puerta acristalada. Pero es tras cruzar un grueso muro de cal como los de las casas de pueblo cuando descubres la verdadera esencia del local, el salón de actuaciones: un espacio luminoso, con el suelo formado por azulejos de barro, las paredes pintadas de amarillo pastel y decoradas con cuadros que parecen representar figuras de Venus paleolíticas. El escenario con el piano, donde Paula, algo nerviosa, estaba empezando a ensayar los primeros acordes con su guitarra, se sitúa a la izquierda de la estancia, un espacio muy acogedor toda ella que tiene algo de salón de casa andaluza: hogareño, familiar, con sillas de anea, cojines antiguos, y una luz difusa que configura una atmósfera íntima y comunitaria como la de esas teterías tan populares de las calles más estrechas y pintorescas de Granada.
La sala se ha ido llenando poco a poco de público, entre el que hemos reconocido algunas caras habituales de los pasillos de la facultad. Paula ha comenzado su actuación con varios de sus temas más conocidos, y, a continuación, ha invitado a subir al escenario a dos cantautores que se encontraban entre los oyentes: Andrés Sudón, que ha interpretado una canción en la que hablaba de sus primeros meses independizado con la que Bea se ha sentido muy identificada; y Diego Ojeda, de un acento y un temperamento canarios fácilmente reconocibles, una voz portentosa y melancólica, que ha cantado un par de canciones -me ha gustado especialmente ésta- junto a un violinista magnífico que ha llenado la estancia de esa belleza lacrimógena que transmite el violín.


